Rayuela

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Julio Cortázar

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”.

Este comienzo de RAYUELA, con esa pregunta que huele a duda escéptica al modo del viejo filósofo Francisco Sánchez (el escéptico) resulta revelador de la intención de la genial propuesta cortaziana:

Tú mismo la perseguirás, una vez que sea de alguna manera descubierta y sacada de su escondrijo, mas no esperes atraparla nunca ni poseerla a sabiendas; bástete lo mismo que a mí: acosarla.

Esto nos decía acerca de la verdad, el ilustre escéptico tudense a finales del XVI, perfectamente asumible por el protagonista de la novela, concienzudo acechador del personaje de la Maga, ese raro arquetipo femenino tan inaccesible cual quimérica Dulcinea a la que nunca se sabe si se termina de amar o no.

La rayuela es un juego infantil que representa el conocimiento de uno mismo. Quien quiera que lo inventase,  quiso reflejar en él la vida misma: el nacimiento, el crecimiento, la muerte y como meta final el cielo. ¿Y cuál sería el cielo para Julio Cortázar? Pues con probabilidad una mixtura de alcanzar la verdad única, el amor definitivo, la sabiduría total, el bien supremo, el mayor placer estético, el infinito…  mil cosas en suma y todas buenas (en principio).

Sin embargo para lograrlo hay que enredarse una y otra vez en uno mismo, de ahí que  el escritor nos deje libertad para leer el libro como queramos, ideando y publicando el primer libro interactivo de la historia. Esta generosa concesión hacia una relación de igualdad con el lector, acarrea como trasfondo -no fácilmente visible- una crisis histórica de unos cuantos modelos, que nos estalla en las manos allá por los años sesenta del pasado siglo. Ya saben: el mayo francés en 1968, las multitudinarias manifestaciones contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos y Europa, los movimientos revolucionarios en América Latina…

Dicho en pocas palabras, RAYUELA es algo así como una patada en la puerta del orden establecido; un equivalente literario a esos activismos políticos mencionados, con el matiz de que Cortázar parece simpatizar con la idea de que el lector, el individuo, ha de ser su propio guía y dar vueltas y más vueltas por París o por Argentina o por dónde sea, viviendo de un modo estrictamente personal y onírico (¿surrealista?) que es la única manera sensata de vivir. Que ya lo dijo Calderón ¿no?…

 (Carlos de Abuin)

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